Una hora, vistiéndome y desvistiéndome hasta que al fin encontré lo justo. Divina, es lógico, en esos pequeños momentos me siento la mujer más importante y más madura del mundo. Me fui sin prisas ni demoras pero con el paso justo para llegar a tiempo desafiando mi característica adquirida hace poco de llegar tarde a todos lados.
Tomé uno, dos bondis y el viaje fue medianamente corto. Caminé por todo el establecimiento, ocultando mi mirada bajo los lentes observando detalladamente a todos y todo, llegué y le pedí que bajara porque me dan miedo los ascensores.
No obtuve respuesta, el caballero no existía hace bastante tiempo.
Entré con una sonrisa para todos menos para él, cuarenta minutos sin hablar es suficiente para darle a entender al otro que algo nos pasa.
Rendidos en la cama, por primera vez me sentí abierta para hablar, entendí que él me estaba escuchando y que le importaba lo que yo decía. Cuando todo quedó claro y mi ego femenino satisfecho frente a la súbita aceptación de mis pautas; fui feliz.
Sonreí, lo abracé y entendí que no siempre el amor es lo que uno imagina, y me propuse enamorarme de él, o al menos, aceptar que tal vez; ya esté amándolo a mi manera.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario